lunes, 12 de mayo de 2014

Sanatana Dharma

Una religión eterna, imperecedera, no anclada en ninguno de los episodios de la vida histórica del mundo, puede ser inmune a cualquier tipo de variación espacio- temporal.
Podríamos considerar que uno de los signos de la inafectada y permanente buena salud que goza la tradición hindú radica en que ninguno de sus textos canónicos revelados o tradicionales (ya sean shruti o smriti) poseen un autor específico, de carne y hueso. La metafísica hindú está orientada al bienestar y la realización de toda una tradición conjunta, no busca el perfeccionamiento o lucimiento de una de sus partes. Los sabios indios están totalmente integrados a la vida común y llana del pueblo. Su prédica, siempre dialógica, puede ocurrir en un palacio, en un bosque, o en las afueras de un villorrio. Casi nunca existe el marco de un templo, porque toda la realidad es templo y devoción. Donde todo es eterno no hay pasivos ni activos, cada uno existe en un mismo plano de espiritualidad y perfeccionamiento, inmerso en la siempre viva eternidad.
Es en occidente donde los doctos y religiosos deben tomar un distanciamiento respecto del entorno para poder exponer una doctrina, revelada desde un plano trascendente (Dios, un ángel, una profecía), hacia la inmanencia de un yo personal. En Oriente, tal disociación no es posible, porque Dios, el ángel o la profecía, habitan en el corazón de cada creyente, y él es a su vez Dios, ángel y profecía.
Tal vez, parte de la infelicidad que vivimos como occidentales, se debe a que dejamos todo arrojado a lo "histórico". Nuestras realizaciones más íntimas, así como también nuestras creencias (¿a quién que crea cabalmente podría importarle si el Jesús histórico tuvo hijos o si estuvo relacionado con María Magdalena?) están sostenidas por un suelo tan cambiante como cualquiera de los procesos biológicos de la vida terrena.
Cuando lleguemos a comprender que nuestra realidad interior es tan eterna como Dios, y que sólo los hechos fútiles y vanos son los que pasan a orillas de la historia, entonces nuestra felicidad será la misma que la de Dios y los ángeles, entonces la historia, nuestra historia, será lo que deba ser, eternidad.
"¿Cómo divinizar la vida que llevamos en el mundo? ¿Cómo conferirle un carácter sagrado? Desde el momento en que definimos la vida en Dios como diferente a la que actualmente llevamos en este mundo, abrimos una fosa entre ambas.  Esfuerzo, extrañamiento, angustia, se convierten entonces en circunstancias necesarias al movimiento que pretendemos desarrollar hacia esa vida ideal a fin de integrarnos a ella. Por el contrario, al afirmar la divinidad de nuestra vida actual, puesto que Dios está en ella, otorgamos al presente el color y la envergadura del Divino. Al afirmar la presencia de lo ideal en lo actual, se transforma el aspecto, el significado y hasta la misma naturaleza de lo actual." Swami Nityabodhananda